La espiritualidad no es un privilegio de algunos, sino una necesidad humana universal. Cuando se ofrece con humildad y autenticidad a quienes más han sufrido, se convierte en un acto sanador tanto para quien da como para quien recibe. En ese intercambio, todos despertamos un poco más a lo sagrado de la vida.
Porque no hay ser humano tan herido que no pueda volver a sentir amor, ni calle tan fría que no pueda ser iluminada por una chispa de fe.